martes, 19 de abril de 2016

Análisis de Adela Cortina EL bien y la virtud

ADELA CORTINA. (EXTRAÍDO DEL LIBRO DE ÉTICA)


ARISTÓTELES

Aristóteles fue el primer filósofo que elaboró tratados sistemáticos de Ética. El más influyente de estos tratados, la Ética a Nicómaco, sigue siendo reconocido como una de las obras cumbre de la filosofía moral. Allí plantea la cuestión que, desde su punto de vista, constituye la clave de toda investigación ética: ¿Cuál es el fin último de todas las actividades humanas?- Suponiendo que “toda arte y toda investigación, toda acción y elección parecen tender a algún bien” (Et. Nic. 1,1 1094 a), inmediatamente nos damos cuenta de que tales bienes se subordinan unos a otros, de modo tal que cabe pensar en la posible existencia de algún fin que todos deseamos por sí mismo, quedando los demás como medios para alcanzarlo. Ese fin no puede ser otro que la eudaimonía, la vida buena, la vida feliz.

Ahora bien, el concepto de felicidad ha sido siempre extremadamente vago: para unos consiste en acumular dinero, para otros se trata de ganar fama y honores. Etc. Aristóteles no cree que todas esas maneras posibles de concebir la vida buena puedan ser simultáneamente correctas, de modo que se dispone a investigar en qué consiste la verdadera felicidad. Para empezar, la vida feliz tendrá que ser un tipo de bien “perfecto”, esto es, un bien que persigamos por sí mismo, y no como medio para otra cosa; por tanto, el afán de riquezas y de honores no puede ser la verdadera felicidad, puesto que tales cosas se desean siempre como medios para alcanzar la felicidad, y no constituyen la felicidad misma.

En segundo lugar, el auténtico fin último de la vida humana tendría que ser “autosuficiente”, es decir, lo bastante deseable por sí mismo como para que, quien lo posea, ya no desee nada más aunque, por supuesto, eso no excluye el disfrute de otros bienes.

Por último, el bien supremo del hombre deberá consistir en algún tipo de actividad que le sea peculiar, siempre que dicha actividad pueda realizarse de un modo excelente. El bien para cada clase de seres consiste en cumplir adecuadamente su función propia, y en esto, como en tantas otras cosas, Aristóteles considera que el hombre no es una excepción entre los seres naturales. Ahora bien, la actividad que vamos buscando como clave del bien último del hombre ha de ser una actividad que permita ser desempeñada continuamente, pues de lo contrario difícilmente podría tratarse de la más representativa de una clase de seres.

En su indagación sobre cuál podría ser la función más propia del ser humano Aristóteles nos recuerda que todos tenemos una misión que cumplir en la propia comunidad, y que nuestro deber moral no es otro que desempeñar bien nuestro papel en ella, para lo cual es preciso que cada uno adquiera las virtudes correspondientes a sus funciones sociales. Pero a continuación se pregunta si además de las funciones propias del trabajador, del amigo, de la madre o del artista no habrá también una función propia del ser humano como tal, porque en ese caso estaríamos en camino para descubrir cuál es la actividad que puede colmar nuestras ansias de felicidad. La respuesta que ofrece Aristóteles es bien conocida: la felicidad más perfecta para el ser humano reside en el ejercicio de la inteligencia teórica, esto es, en la contemplación o comprensión de los conocimientos. En efecto, se trata de una actividad gozosa que no se desea más que por sí misma, cuya satisfacción se encuentra en la propia realización de la actividad, y que además puede llevarse a cabo continuamente.

(A primera vista puede parecernos extraño que alguien diga que la felicidad consiste en la actividad teórica. Pero tengamos en cuenta que, en griego el verbo theorein, del que procede nuestro término “teoría”, significaba “ver”, “observar”, “contemplar”, por eso, quien elabora una teoría, o simplemente la comprende, consigue una “visión” de las cosas que supera y resulta preferible al estado de ignorancia en que vivía anteriormente. La actividad teórica consiste, en última instancia, en saber, en entender; cualquiera que haya estado intrigado por algo y que por fin un día descubre una explicación satisfactoria de lo que ocurría, experimenta esa satisfacción maravillosa que a veces representamos gráficamente como una lucecita que se enciende en nuestro interior: ¡por fin lo entiendo! Aristóteles era conciente de que la complejidad de la realidad es tan enorme, y nuestra limitación a la hora de conocer es tan profunda, que la actividad teórica nunca tendrá fin para los seres humanos. Por otra, parte, la experiencia del asombro, de maravillarse ante los fenómenos circundantes y ante nuestro propio ser, supone uno de los mayores alicientes de nuestra vida, al tiempo que nos proporciona un gozo continuo. Para Aristóteles, éste es el fin último de nuestra vida, el más capaz de satisfacer nuestras expectativas de felicidad)

Ahora bien, Aristóteles reconoce que el ideal de una vida contemplativa continua sólo es posible para los dioses:
“el hombre contemplativo, por ser hombre, tendrá necesidad del bienestar externo, ya que nuestra naturaleza no se basta a sí misma para la contemplación, sino que necesita de la salud del cuerpo, del alimento y de los demás cuidados” (Ét. Nic. X. 8, 1178 b)

A renglón seguido nuestro autor admite que no es ése el único camino para alcanzar la felicidad, sino que también se puede acceder a ella mediante el ejercicio del entendimiento práctico, que consiste en dominar las pasiones y conseguir una relación amable y satisfactoria con el mundo natural y social en el que estamos integrados. En esta tarea nos ayudarán las virtudes, que Aristóteles clasifica del siguiente modo.

La principal virtud dianoética es la prudencia, que constituye la verdadera “sabiduría práctica”: ella nos permite deliberar correctamente, mostrándonos lo más conveniente en cada momento para nuestra vida (no lo más conveniente a corto plazo, sino lo más conveniente para una vida buena en su totalidad). La prudencia nos facilita el discernimiento en la toma de decisiones, guiándonos hacia el logro de un equilibrio entre el exceso y el defecto, y es la guía de las restantes virtudes: la fortaleza o coraje, por ejemplo, el término medio entre la cobardía y la temeridad; ser generoso será un término medio entre el derroche y la mezquindad, etc. Pero el término medio no es una opción por la mediocridad, sino por la perfección; por ejemplo, una escultura perfecta sería aquella a la que no le sobra ni le falta nada; de modo similar, la posesión de una virtud cualquiera significa que en ese aspecto de nuestro comportamiento no hay mejora posible, sino que hemos alcanzado el hábito más elevado.
Una persona virtuosa será, casi con seguridad, una persona feliz, pero necesita para ello vivir en una sociedad regida por buenas leyes. Porque el logos, esa capacidad que nos hace posible la vida contemplativa y la toma de decisiones prudentes, también nos capacita para la vida social. Por eso la ética no puede desvincularse de la política: el más alto bien individual, la felicidad, sólo es posible en una polis dotada de leyes justas.
En síntesis, la ética aristotélica afirma que hay moral porque los seres humanos buscan inevitablemente la felicidad, la dicha, y para alcanzar plenamente este objetivo necesitan de las orientaciones morales. Pero además, nos proporciona criterios racionales para averiguar qué tipo de comportamientos, qué virtudes, en una palabra qué tipo de carácter moral es el adecuado para tal fin. De este modo, entendió la vida moral como un modo de “autorrealización” y por ello decimos que la ética aristotélica pertenece al grupo de éticas eudemonistas, porque así se aprecia mejor la diferencia con otras éticas que también postulan la felicidad como fin de la vida humana, pero que entienden ésta como placer (hedoné) y a las que, por eso, se las denomina “hedonistas”. El placer se suele entender como una satisfacción de carácter sensible, en tanto que la autorrealización puede comportar acciones que no siempre son placenteras.







Virtudes dianoéticas o intelectuales
Propias del intelecto teórico:

Inteligencia (nous)
Ciencia (episteme)
Sabiduría (Sofía)


Propias del intelecto práctico:

Prudencia
Arte o técnica
Discreción
Perspicacia
Buen consejo





Virtudes éticas o del carácter
Propias del autodominio:

Fortaleza o Coraje
Templanza o Moderación
Pudor


Propias de las relaciones humanas:

Justicia
Generosidad
Amabilidad
Veracidad
Buen humor
Afabilidad
Magnificencia
Magnanimidad


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sábado, 16 de abril de 2016

Aristóteles "Ética a Nicómaco" fragmentos sobre EL BIEN Y LA VIRTUD

                                         

ARISTÓTELES   ÉTICA A NICÓMACO


LIBRO I   Cap IV
EL BIEN EN CADA GÉNERO DE COSAS ES EL FIN EN VISTA DEL CUAL SE HACE TODO LO DEMÁS


 Volvamos otra vez a tratar del bien que buscamos, y veamos lo que puede ser.
Por lo pronto, el bien parece muy diferente, según los diferentes géneros de actividad y según las diferentes artes.   Así es uno en la medicina, otro en la estrategia; y lo mismo sucede en todas las artes sin distinción ¿Y qué es el bien en cada una de ellas? ¿No es la cosa en cuya vista se hace todo lo demás? En la medicina, por ejemplo, es la salud; en la estrategia es la victoria; como es la casa en el arte de la arquitectura, y como es cualquier otro objeto en cualquier otra arte.  Pero en toda acción, en toda determinación moral, el bien es el fin mismo que se busca, y siempre, en vista de este fin, se hace constantemente todo lo demás.  Es, por tanto, una consecuencia evidente que, si para todo lo que el hombre puede hacer en general, existe un fin común al cual tienden todos sus actos, este fin único es el bien, tal como el hombre puede practicarlo; y si hay muchos fines de este género, ellos son entonces los que constituyen el bien.
Después de este largo rodeo, la discusión ha venido a parar a nuestro punto de partida; pero nos es forzoso ilustrar más aún esta materia.
Como, a lo que parece, hay muchos fines y podemos buscar algunos en vista de otros: por ejemplo, la riqueza, la música, el arte de la flauta y, en general, todos estos fines que pueden llamarse instrumentos, es evidente que todos estos fines indistintamente no son perfectos y definitivos por sí mismos.  Pero el bien supremo debe ser una cosa perfecta y definitiva.  Por consiguiente, si existe una sola y única cosa que sea definitiva y perfecta precisamente  es el bien que buscamos; y si hay muchas cosas de este género, la más definitiva entre ellas será el bien.  Mas, en nuestro, concepto, el bien, que debe buscarse sólo por sí mismo es más definitivo que el que  se busca en vista de otro bien      y el que no debe buscarse nunca en vista de otro bien es más definitivo que estos bienes que se buscan a la vez por sí mismos y a causa de este bien superior; en una palabra, lo perfecto, lo definitivo lo completo, es lo que es eternamente apetecible en sí y que no lo es jamás en vista de un objeto distinto que él.   He aquí precisamente el carácter que parece tener la felicidad; la buscamos siempre por ella y sólo por ella y nunca con la mira de otra cosa.  Por lo contrario, cuando buscamos los honores, el placer, la ciencia, la virtud bajo cualquier forma que sea, deseamos sin duda, todas estas ventajas por sí mismas; puesto que independientemente de toda otra consecuencia desearíamos realmente cada una de ellas; sin embargo nosotros las deseamos también con la mira de la felicidad, porque creemos que todas estas diversas ventajas nos la pueden asegurar; mientras que nadie puede desear la felicidad, ni con la mira de estas ventajas, ni de una manera general en vista de algo, sea lo que sea, distinto de la felicidad misma.
Por lo demás esta conclusión  a que acabamos de llegar parece proceder igualmente de la idea de independencia que atribuimos al bien perfecto, al bien supremo. Evidentemente le creemos independiente de todo.  (…) Por el momento, entendemos por independencia aquello que, considerado aisladamente, basta para hacer la vida aceptable, sin que tenga necesidad de ninguna otra cosa; y esto es, precisamente, lo que en nuestra opinión constituye la felicidad.  Digamos, además, que la felicidad, para ser la cosa más digna de nuestro deseo, no tiene necesidad de sumarse con ninguna otra.  Si se añadiese una cosa cualquiera, es claro que bastaría la adición más pequeña de bienes para hacerla más deseable aún.  Porque, en todo caso lo que se añade forma una suma de bienes superior e incomparable, puesto que un bien más grande es siempre más deseable que un bien menor.  Por consiguiente, la felicidad  es ciertamente una cosa definitiva, perfecta, y que se basta a sí mismo, puesto que es el fin de todos los actos posibles del hombre.
Pero quizá, aun conviniendo con nosotros en que la felicidad es, sin contradicción, el mayor de los bienes el bien supremo, habrá quien desee conocer mejor su naturaleza.
El medio más seguro de alcanzar esta completa noción es saber cuál es la obra propia del hombre.  Así como para el músico, para el estatuario, para todo artista y, en general, para todos los que producen alguna obra y funcionan de una manera cualquiera, el bien y la perfección están, al parecer, en la obra especial que realizan; en igual forma, el hombre debe encontrar el bien en su obra propia si es que hay una obra especial que el hombre deba realizar.  Y si el albañil, el zapatero, etc., tienen una obra especial y actos propios que ejecutar, ¿será posible que el hombre sólo no los tenga? ¿Estará condenado por la naturaleza a la inacción?  O, más bien, así como el ojo, la mano, el pie y, en general, toda parte del cuerpo creer que el hombre, independientemente de todas estas diversas funciones, tiene una que le sea propia? ¿Pero cuál puede ser esta función característica? Vivir es una función común al hombre y a las plantas,  y aquí sólo se busca lo que es exclusivamente especial al hombre; siendo preciso, por tanto, poner aparte la vida de nutrición y de desenvolvimiento. En seguida viene la vida de la sensibilidad; pero ésta a su vez se muestra igualmente en otros seres, el caballo el buey y, en general, en todo animal, lo mismo que el hombre.  Resta, pues, la vida activa del ser dotado de razón. (…)  Además, como esta misma facultad de la razón puede comprenderse en una doble sentido, es preciso fijarse en que de lo que se trata, sobre todo, es de la facultad en acción, la cual merece más particularmente el nombre que llevan ambas.  Y así, lo propio del hombre será el acto del alma conforme a la razón o, por lo menos, el acto del alma que no puede realizarse sin la razón.  Por otra parte, cuando decimos que tal función es genéricamente la de tal ser, entendemos que es también, la función del mismo ser completamente desarrollado, así como la obra del músico se confunde igualmente con la obra del buen músico.  De igual modo en todos los casos, sin excepción, se añade siempre a la idea simple de la obra la idea de la perfección suprema que esta obra puede alcanzar; por ejemplo, si la obra del músico consiste en componer música, la obra del buen músico consistirá en componerla buena.  Si todo esto es exacto, podemos admitir que la obra propia del hombre en general es una vida de cierto género, y que esta vida particular es la actividad del alma y una continuidad de acciones  que acompaña la razón; y podemos admitir que en el hombre bien desarrollado todas estas  funciones se realizan bien y regularmente.  Pero el bien, la perfección para cada cosa, varía según la virtud especial de esta cosa.  Por consiguiente, el  bien propio del hombre es la actividad del alma dirigida por la virtud; y si hay muchas virtudes dirigida por la más alta y la más perfecta de todas.  Añádase también que estas condiciones deben ser realizadas durante una vida entera y completa porque una sola golondrina no hace verano, como no lo hace un solo día hermoso y no puede decirse tampoco que un solo día de felicidad, ni aun una temporada baste para hacer a un hombre dichoso y afortunado.


ACTIVIDAD:

Lea el texto y responda lo siguiente:

1)  Qué es el bien?

2)  Existen diferentes clases de bienes?

3) Cuál es el bien más importante?

4) Busca en un diccionario filosófico el concepto  “eudaimonía”

4) Qué es la felicidad?


5)  Hay alguna relación entre el bien y la felicidad?






     Aristóteles

Dentro de la llamada filosofía clásica griega emergen claramente dos figuras de importancia frente a los demás: Platón y Aristóteles.
Aristóteles nació en el año 384 antes de cristo y murió en el 322.
Sus obras abarcan los ámbitos mas dispares : desde la metafísica o la lógica o la biología pasando por la poética y la política. Entre sus obras de ética destacamos indiscutiblemente la ética a Nicómaco.
La filosofía moral de Aristóteles es, contrariamente a la de Kant, teleológica. Quiere esto decir que lo que de verdad interesa a Aristóteles es la finalidad de la acción moral.
Según el, el fin del hombre no es otro que la felicidad; la moral debe encontrar los medios para conseguir dicho fin.

El concepto de virtud lo comprende Aristóteles como el justo medio entre dos extremos: se trata de la teórica de mesotes.


                                     Ética a Nicómaco

De la naturaleza de la virtud

Es preciso no contentarse con decir, como hemos hecho hasta ahora, que la virtud es un hábito o manera de ser, sino preciso decir también en forma específica cual es esta manera de ser.
            Comencemos por sentar que toda virtud es respecto a la cosa sobre que recae, lo que completa la buena disposición de la misma y le asegura la ejecución perfecta de la obra, que es la propia. Así, por ejemplo, la virtud del ojo hace que el ojo sea bueno y que realice  como debe su función; porque gracias a la virtud del ojo se ve bien. La misma observación, si se quiere, tiene lugar con la virtud del caballo: ella es la que le hace buen caballo, a propósito para la carrera, para conducir al jinete y para sostener el choque de los enemigos. Si sucede así en todas las cosas, la virtud en el hombre será esta manera de ser moral que hace de él un hombre bueno, un hombre de bien, y gracias a la cual sabrá realizar la obra que le es propia.         

            Ya hemos dicho como el hombre puede conseguir esto: pero nuestro pensamiento se hará más evidente aun cuando hayamos visto cual es la verdadera naturaleza de la virtud. En toda cantidad  continua y divisible pueden distinguirse tres casos: primero el más, después el menos y, en fin, lo igual; y estas distinciones pueden hacerse, o con relación al objeto mismo o con relación a nosotros. Lo igual es una especie de término intermedio entre el exceso y el defecto, entre lo más y lo menos. El medio, cuando se trata de una cosa, es el punto que se encuentra a igual distancia de las dos extremidades, el cual es uno y el mismo en todos los casos. Pero cuando se trata del hombre, cuando se trata de nosotros, el medio es lo que no peca, ni por exceso, ni por defecto; y esta medida igual esta muy distante de ser una ni la misma para todos los hombres.

            Veamos un ejemplo: suponiendo que el numero diez represente una cantidad grande, y el numero dos una pequeña, el seis será el termino medio con relación a la cosa que se mide; porque seis excede al dos en una suma igual a la que le excede a èl el número diez. Este es el verdadero medio según la proporción que demuestra la aritmética, es decir, el número. Pero no es este, ciertamente, el camino que debe tomarse para buscar el medio, tratándose de nosotros. En efecto, porque para tal hombre diez libras de alimento sean demasiado y dos libras muy poco, no es razón para que un médico prescriba a todo el mundo seis libras para el que haya de tomarlas puede ser una alimentación enorme o una alimentación insuficiente.















 Para Milón es demasiado poco; por el contrario, es mucho para el que empieza a trabajar en la gimnástica. Lo que aquí se dice de alimentos, puede decirse igualmente de las fatigas de la carrera y de una lucha. Y así, todo hombre instruido y racional se esforzara en evitar los excesos de todo genero, sean en más, sean en menos; solo debe buscar el justo medio y preferirle a los extremos. Pero aquel no es simplemente el medio de la cosa misma, es el medio con relación a nosotros.

            Gracias a esta prudente moderación, toda ciencia llena perfectamente su objeto propio, no perdiendo jamás de vista este medio y reduciendo todas sus obras a este punto único. He aquí porque se dice muchas veces cuando se habla de las obras bien hechas y se las quiere alabar que nada se les puede añadir ni quitar; como dando a entender que, así como el exceso y el defecto a la perfección,  solo el justo medio puede asegurarla. Este es el fin, lo repetimos, a que se dirigen siempre los esfuerzos de los buenos artistas en sus obras; y la virtud, que es mil veces mas precisa y mil veces mejor que ningún arte, se fija constantemente como la naturaleza misma en este medio perfecto.

            Hablo aquí de la virtud moral, porque ella es la que concierne a las pasiones y a los actos del hombre, y en nuestros actos y en nuestras pasiones es donde se dan, ya el exceso, ya el defecto, ya el justo medio. Así, por ejemplo, en los sentimientos de miedo y de audacia, de deseo y de aversión de cólera y de compasión, en una palabra, en los sentimientos de placer y dolor se dan el más y el menos; y ninguno de estos sentimientos opuestos son buenos. Pero para ponerlos a prueba como conviene, según las circunstancias, según las cosas, según las personas, según la causa, y saber conservar en ellas la verdadera medida, este es el medio, esta es la perfección que solo se encuentra en la virtud.

            Con los actos sucede absolutamente lo mismo que con las pasiones: pueden pecar por exceso o por defecto, o encontrar un justo medio. Ahora bien, la virtud se manifiesta en las pasiones y en los actos;  y para las pasiones y los actos el exceso en mas de una falta; el exceso en menos es igualmente reprensible; el medio  únicamente  es digno de alabanza porque  solo es la exacta y debida medida; y estas dos condiciones constituyen el privilegio de la virtud. Y así la virtud es una especie de medio, puesto que es el fin que ella busca sin cesar.

            Además, puede uno conducirse mal de mil maneras diferentes; porque el mal pertenece a lo infinito,  como oportunamente lo han representado los pitagóricos; pero el bien pertenece a lo finito, puesto que no puede una conducirse bien sino de una sola manera. He aquí como el mal es tan fácil y el bien, por lo contrario, tan difícil; porque, en efecto, es fácil no lograr una cosa y difícil conseguirla. He aquí también por qué el efecto y el exceso pertenecen juntos al vicio, mientras que solo el medio pertenece a la virtud.

Es uno bueno por un solo camino, malo por mil.

            Por lo tanto, la virtud es un habito, una cualidad que depende de una voluntad, consistiendo en este medio que hace relación a nosotros y que esta regulado por la razón en la forma que lo regularía el hombre verdaderamente sabio.









 La virtud es un medio entre dos vicios que pecan, uno por exceso, otro por defecto; y como los vicios consisten en que los unos traspasan la medida que es preciso guardar, y los otros permanecen por bajo de esta medida, ya respecto de nuestras acciones, ya respecto de nuestros sentimientos, la virtud consiste, por el contrario, en encontrar el medio para los unos y para los otros, y mantenerse en el a la preferencia.

            He aquí porque la virtud, tomada en su esencia y desde el punto de vista de la definición que expresa lo que ella es, debe mirársela como un medio. Pero con relación a la perfección y al bien, la virtud es un extremo, una cúspide.

            Por lo demás, es preciso decir que ni todas acciones ni todas las pasiones son indistintamente susceptibles de este medio. Hay tal acción, tal pasión, que con solo pronunciar su nombre aparece la idea de mal y de vicio, como por ejemplo, la malevolencia o tendencia  a regocijarse del mal de otro, la imprudencia, la envidia; y, en punto  de acciones, el adulterio, el robo, el asesinato; porque todas estas cosas y las parecidas a ellas son declaradas malas y criminales únicamente a causa del carácter horrible que ofrecen, y no por su exceso, ni por su defecto. Respecto a estas cosas, por tanto, nunca hay medio de obrar bien; solo es posible la falta.

En los casos de este genero indignar lo que es  bien y lo que no es bien, es cosa inconcebible; como, por ejemplo, en el adulterio, averiguar si ha sido cometido con tal mujer, en tales circunstancias, de tal manera; porque hacer cualquiera de estas cosas es, absolutamente hablando, cometer un crimen. Es como si uno imaginara que en la iniquidad, en la cobardía, en la embriaguez, podía haber un medio, un exceso y un defecto; porque entonces seria preciso que hubiese un medio de exceso y de defecto, y un exceso de exceso y un defecto de defecto. Pero así como no hay exceso ni defecto para el valor y para la templanza, porque en ellos el medio es, en cierta manera, un extremo, en igual forma no hay para estos actos culpables, ni medio, ni exceso, ni defecto, sino que, de cualquier manera que se tome, siempre es el criminal el que cometa; porque no es posible que haya un medio, ni para el exceso, ni para el defecto, como no puede haber ni exceso ni defecto para el medio.
Libro II Cap. VI

EJERCICIOS.

1) Define virtud  según Aristóteles.

2) ¿Puede hablarse de virtud del caballo como se hace en el texto? ¿Por qué?

3) ¿Donde reside la diferencia entre la virtud del caballo y la virtud del hombre?

4) ¿Que quiere decir que la virtud humana se da en el justo medio?

5)  Subraya en el texto la definición de virtud.

6) Traza un segmento y escribe en los extremos el nombre de dos pasiones opuestas, escribiendo en el centro la virtud correspondiente.

domingo, 28 de febrero de 2016

MÓDULO I METAFÍSICA

TEMAS DE METAFÍSICA
PLATÓN
APARIENCIA Y REALIDAD 

La alegoría de la caverna: la cárcel corpórea y la sombra de las ideas; la ascensión  a la luz de lo inteligible

Compara nuestra naturaleza a una condición de este género...En una caverna subterránea, con una entrada tan grande como la caverna toda, abierta hacia la luz, imagina hombres que se hallan ahí desde que eran niños, con cepos en el cuello y en las piernas, sin poder moverse ni mirar en otra dirección sino hacia adelante, impedidos de volver la cabeza por las cadenas.   Y lejos y en lo alto, detrás a sus espaldas, arde una luz de   fuego, y en el espacio intermedio entre el fuego y los prisioneros, asciende un camino, a lo largo del cual se levanta un muro, a modo de los reparos colocados entre los titiriteros y los espectadores, sobre los que ellos exhiben sus habilidades.  –Me lo imagino perfectamente, dijo.  –Contempla a lo largo del muro hombres que llevan diversos cosas que sobresalen sobre el nivel del muro, estatuas y otras figuras animales en piedra o madera y artículos fabricados de todas las especias…Éstos ante todo ¿crees quizás, que pueden ver alguna otra cosa, de si mismos y de los otros, sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la pared de la caverna que está delante de ellos?... ¿Y también de la misma manera respecto a los objetos llevados a lo largo del muro?
Pues si pudiesen hablar entre ellos, ¿no crees que opinarán de poder hablar de éstas (sombras) que ven como si fuesen objetos reales presentes?...Sin duda, en tales condiciones, no creerán que lo verdadero fuese otra cosa sino las sombras de los objetos…Y alzarse y girar el cuello y caminar y mirar hacia la luz…¿no sentiría dolor en los ojos, y huirá, volviéndose a las sombras que puede mirar, y no creerá que éstas son más claras que los objetos que le hubieran mostrado? – Sí…-Y si alguien lo arrastrase por la fuerza por la áspera y ardua salida y no lo dejase antes de haberlo llevado a la luz del sol, ¿no se quejaría y no se  irritaría de ser arrastrado, y después, llegado a la luz y con  los  ojos deslumbrados, podría ver siquiera una de las cosas verdaderas? –No, ciertamente, en el primer instante. –Sería necesario que se habituara para mirar los objetos de ahí arriba.  Y, al principio, vería más fácilmente las sombras, y después  las imágenes de los hombres reflejadas en el agua y, después, los cuerpos mismos; en seguida los del cielo, y al mismo cielo, le sería más fácil mirarlo de noche…Y por último, creo, el sol…por sí mismo…después de esto, recién entonces comprenderá que éste (el sol) regula todas las cosas en la región visible y es causa
también, en cierta manera de todas aquellas (sombras) ..¿no crees que él se felicite del cambio y experimente conmiseración por la suerte de los otros?...-Creo que, en verdad preferiría cualquier sufrimiento a aquella vida (de antes) – Pero considera aún lo siguiente: si volviendo a descender ocupase de nuevo el mismo puesto ¿no tendría los ojos llenos de tinieblas, al venir inmediatamente del sol?....Y si debía nuevamente competir para distinguir esas sombras con los que habían permanecido siempre en los cepos, él, mientas permanecería deslumbrado, ¿no causaría la risa y haría decir a los demás, que la ascensión le había gastado los ojos?...Pero si alguno tuviese inteligencia…recordaría que las perturbaciones de los ojos son de dos especies y provienen de dos causas: del pasaje de la luz a las tinieblas y de las tinieblas a la luz.  Y pensando que lo mismo sucede también para el alma… indagaría si , viniendo de vida más luminosa, se encuentra oscurecida por falta de hábito a la oscuridad, o bien si, llegando de mayor ignorancia a una mayor luz, está deslumbrada por el excesivo fulgor.

(Rep.. VII, 1-3, 513-18)

Actividad:
1) Reflexiona sobre la lectura del texto de Platón y  comenta dicho texto.
2) Qué se comprende por apariencia y realidad?
3) Analiza las diferentes dimensiones filosóficas que dicho texto plantea:       
    antropológico, metafísico, gnoseológica y ético




VIDEO LA ALEGORÍA DE LA CAVERNA   PLATÓN




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ARISTÓTELES
LA NATURALEZA Y LO NATURAL COMO REALIDAD


“Algunas cosas son por naturaleza, otras por otras causas.  Por naturaleza, los animales y sus partes, las plantas y los cuerpos simples como la tierra, el fuego, el aire y el agua –pues decimos que éstas y otras cosas semejantes son por naturaleza.  Todas estas cosas parecen diferenciarse de las que no están constituidas por naturaleza,   porque cada una de ellas tiene en sí misma un principio de movimiento y de reposo, sea con respecto al lugar o al aumento o a la disminución o a la alteración.  Por el contrario, una cama, una prenda de vestir o cualquier otra cosa de género semejante, en cuanto que las significamos en cada caso por su nombre y en tanto que son productos del arte, no tienen en sí mismas ninguna tendencia natural al cambio; pero en cuanto que, accidentalmente, están hechas de piedra o de tierra o de una mezcla de ellas, y sólo bajo este respecto, la tienen.  Porque la naturaleza es un principio y causa del movimiento o del reposo en la cosa a la que pertenece primariamente y por sí misma, no por accidente”.
Aristóteles, física L. II 1026-1-24 pags 128-129 Madrid Ed. Gredos 1995



ACTIVIDAD:
¿Qué significa para Aristóteles “ser por naturaleza”?
¿A qué se opone “lo natural”?
Qué es lo que hace diferenciar lo uno de lo otro?


“(….) si algo es, es la “cosa” que camina o que está sentada o que se encuentra bien.  Y la razón por la cual estas cosas parecen ser más entes, es  porque tienen cierto sustrato, es decir, la ousía y el individuo particular, que es lo que claramente está implicado en la categoría en cuestión.(….).  Resulta claro que es por la ousía que cada una de las cosas mencionadas existe.  De aquí que el ente, en sentido primario y no en sentido restringido sino absoluto, será la ousía.”
Metafísica, Aristóteles, SIV a.c.

 “Actividad” es la existencia plena de la cosa y no del modo en que decimos que está “en potencia”.  (….) llamamos “sabio” en potencia al que, si bien no se encuentra en actitud teórica, tiene sin embargo capacidad teórica.  La otra manera de existir es el existir en actividad.  Lo que nos proponemos expresar se puede aclarar por inducción echando mano a casos particulares, pues no es necesario esforzarse en definir todo, sino  en captar las estructuras análogas; en la misma relación que el que construye está con el que tiene la capacidad de construir, o está el despierto con el dormido; y el que ve con el que tiene los ojos cerrados pero que tiene vista; y lo separado de la materia con la materia y el producto terminado con el material en bruto.  El primer término de esta diferencia caracteriza a actividad, el otro la potencia”.    
 Metafísica, Aristóteles S IV a.c.

ACTIVIDAD:
Reflexiona qué es la ousía.  Explica que significa la actividad y la potencia.

                  



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Selección de textos: Jean Paul Sartre                                    


EL EXISTENCIALISMO ES UN HUMANISMO

“Consideremos un objeto fabricado, por ejemplo un libro o un cortapapel.  Este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto; se ha referido al concepto de cortapapel, e igualmente a una técnica de producción previa que forma parte del concepto, y que en el fondo es una receta.  Así, el cortapapel es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, y no se puede suponer un hombre que produjera un cortapapel sin saber para qué va a servir ese objeto.  Diríamos entonces que en el caso del cortapapel, la esencia es decir el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producirlo y definirlo precede a la existencia; y así está determinada la presencia frente a mí de tal o cual cortapapel, de tal o cual libro.  Tenemos aquí, pues, una visión técnica del mundo, en la cual se puede decir que la producción precede a la existencia”.

“Al concebir un Dios creador, este Dios se asimila a la mayoría de las veces a un artesano superior (…) Así el concepto de hombre, en el espíritu de Dios, es asimilable al concepto de cortapapel en el espíritu del industrial; y Dios produce al hombre siguiendo técnicas y una concepción, exactamente como el artesano fabrica un cortapapel siguiendo una definición y una técnica.  Así, el hombre individual realiza cierto concepto que está en el entendimiento divino”.

“Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define.

El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho.  Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla.  El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace…este es el primer principio del existencialismo.  Es también lo que se llama la subjetividad, que se nos echa en cara bajo ese nombre.  Pero ¿qué queremos decir con esto sino que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir.  El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una podredumbre o una coliflor; nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será, ante todo, lo que habrá proyectado ser”

“Pero si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es.  Así, el primer paso del existencialismo es poner a todo hombre en posesión de lo que es, y asentar sobre él la responsabilidad total de su existencia.  Y cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres (…) Cuando decimos que el hombre se elige, entendemos que cada uno de nosotros se elige, pero también queremos decir que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser.  Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de lo que elegimos, porque nunca podemos elegir mal; lo que elegimos es siempre el bien, y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo pata todos.  Si, por otra parte, la existencia precede a la esencia y nosotros quisiéramos existir al mismo tiempo que modelamos nuestra imagen, esta imagen es valedera para todos y para nuestra época entera.  Así, nuestra responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, porque compromete a la humanidad entera”.

“Esto significa que el hombre que se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad.  Ciertamente hay muchos que no están angustiados; pero nosotros pretendemos que se enmascaran su propia angustia, que la huyen; en verdad, muchos creen al obrar que sólo se comprometen a sí mismos, y cuando se les dice: pero ¿si todo el mundo procediera así? Se encogen de hombros y contestan: no todo el mundo procede así.  Pero en verdad hay que preguntarse siempre: ¿qué sucedería si todo el mundo hiciera lo mismo?  Y no se escapa uno de este pensamiento inquietante sino por una especie de mala fe.  El que miente y se excusa declarando: todo el mundo no procede así, es alguien que no está bien con su conciencia…”

“El existencialista, por el contrario, piensa que es muy incómodo que Dios no exista, porque con él desaparece toda posibilidad de encontrar valores en un cielo inteligible; ya no se puede tener el bien a priori, porque no hay más conciencia infinita y perfecta para pensarlo; no está escrito en ninguna parte que el bien exista, que haya que ser honrado, que no haya que mentir; puesto que precisamente estamos en un plano donde solamente hay hombres.  Dostoievsky escribe: Si Dios no existiera, todo estaría permitido.  Este es el punto de partida del existencialismo.  En efecto, todo está permitido si Dios no existe y, en consecuencia, el hombre está abandonado, porque no encuentra ni en sí ni fuera de sí una posibilidad de aferrarse. (…) Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace.”

ACTIVIDAD:

1)      Compara y diferencia las formas de existir de los objetos y del ser humano.

2)      Qué significa que “no hay naturaleza humana”. Explica con tus palabras.

3)      En qué sentido el hombre es responsable y se compromete como un legislador?

4)      ¿Qué consecuencias tiene que  “Dios no exista”?

5)      Cómo concibe Platón la posibilidad del ser humano de liberarse??

6)      Cómo concibe Sartre el ser libre para el hombre?

7)      Las ideas son convergentes? Con cuál de las dos posturas compartes su visión de ser libre? ¡Por que?



lunes, 28 de septiembre de 2015

MÓDULO IV OPCION ARTE Y EXPRESIÓN

APROXIMACIÓN FORMAL A LA BELLEZA

Éstas son pues, las cosas del amor en cuyo misterio también tú,  Sócrates, tal vez podrías iniciarte.  Pero en los ritos finales y  suprema revelación, por cuya causa existen aquellas, si se procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte.  Por consiguiente, yo  te los diré –afirmó- y no escatimaré ningún esfuerzo, intenta seguirme, si puedes.  Es preciso, en efecto que quien quiera ir por el recto camino a ese fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos.  Y, si su guía lo dirige rectamente, enamorarse en primer lugar de un cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no considerar una y la misma la belleza que hay en todos los cuerpos.  Una vez que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo despreciándolo y considerándolo insignificante.  A  continuación debe considerarse más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso de alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarle, engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en las normas de conducta y en las leyes y reconocer que todo lo bello está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del cuerpo como algo insignificante.   Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de éstas y fijando  ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose, como un esclavo, a la belleza de un solo ser., cual la de un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y pensamientos en limitado amor por la sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente.  Intenta  –ahora- prestarme la máxima atención posible.  En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo.  Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo ni como un razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas bellas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada.  Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar aquella belleza, pues puede decirse que toca casi el fin.
 Pues ésta es justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de estos terminar en aquel conocimiento qué es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí.  En este período de la vida, querido Sócrates -dijo la extranjera de Mantinea, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en sí.  Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro ni con los vestidos ni con los jóvenes  y adolescentes bellos, ante cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con él a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo y estar en su compañía.  ¿ Qué debemos imaginar, pues –dijo- que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees –dijo- que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad?  Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera, ¿no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también él?

PLATON, Diálogos







La esencia de la belleza.
Frente a lo bello, la belleza es una categoría abstracta.  Es la esencia de lo bello.  Desde la Antigüedad, los hombres se han preguntado si era posible aislar la raíz oculta de las cosas bellas para adentrarnos en el fondo de lo que es su origen. ¿Por qué calificamos como bellos a algunos objetos y a otros no? ¿Se albergan en nosotros imperativos psicológicos que nos obligan a ello? ¿Hay una matriz común que da  fundamento a lo que sentimos como bello?  Las teorías estrictamente materialistas, tanto primitivas como modernas, han negado con rotundidad tales preguntas e incluso han rechazado la oportunidad de plantearlas. Para ellas, del mismo modo que no existen la bondad o la verdad, sino lo bondadoso o lo verdadero –sentimientos asimismo subjetivos-, tampoco puede hablarse de la belleza, sino únicamente de lo que reconocemos como bello: lo individualizable, lo concretable, sin causas originarias ni formulaciones universales.  Para los defensores de estas posiciones lo bello es producto de la sensación, y ulteriores especulaciones sobre la belleza- como esencia- escapan a nuestra capacidad sensitiva.
Sin embargo, aunque ésta pudiera parecer la explicación aparentemente menos conflictiva, no ha sido la que la mayoría de las civilizaciones han hecho suya.  Por lo general, los hombres han relacionado la búsqueda de un sustrato de lo bello a su deseo de trascendencia.  Y ese sustrato, la belleza, se ha vinculado a los anhelos de eternidad, de inmortalidad, de divinidad, de perfección, que los  hombres han erigido en motivos fundamentales de sus creencias.  Para muchas culturas la belleza, entendida como ese principio visible que rige las formas y llama a las emociones, es identificada como una esencia de lo divino cuyos reflejos sólo esporádicamente entrevén los hombres. La belleza es, entonces, una aspiración sagrada y pertenece al campo de lo mágico y de lo religioso.  Las obras humanas, como las pirámides egipcias, las catedrales góticas o las conductas ascéticas, son caminos para elevarse –artística o moralmente- hacia una belleza que les aproxima a la deidad.  La historia de la reflexión estética en Occidente, aun ajena en gran parte a una mera preocupación religiosa, ha transcurrido por un cauce semejante: la obsesión por alcanzar a definir la esfera propia de la belleza ha sido el más rico manantial de doctrinas y, consecuentemente de frustraciones. 

ARGULLOL, R.  Tres miradas sobre el arte

Distinguir la Belleza de sus representaciones en objetos bellos. Establece las diferencias que encuentres entre ambas nociones.
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¿QUÉ ES EL ARTE?


La relación entre arte y belleza es conflictiva.  Para algunos, como para el conocido historiador y filósofo R. G. Collingwood, no hay ninguna solidez en dicha relación:
Los campos de una y de otra son perfectamente independientes, y ni el objetivo del arte es la belleza ni ésta se manifiesta peculiarmente en aquél.  Para otros, en cambio, no existe duda de que la tarea principal del arte es la representación material de la belleza.  Existen argumentos en apoyo de ambas opiniones.  En el primer caso puede alegarse que la belleza interesa al espíritu humano de muy diversas maneras y que, sólo esporádicamente, el arte es una de ellas.  Además, siempre siguiendo esta posición, se podría constatar que la génesis del fenómeno artístico no siempre se vincula con las representaciones o expresiones de lo bello, sino con múltiples facetas de la actividad humana como pueden ser la utilidad, la liturgia o el folklore.  En el segundo caso puede razonarse que el arte históricamente conocido, e incluso los modos artísticos más arcaicos, entrañan generalmente una intención de belleza a pesar de que muchas veces, por el sectarismo de nuestra educación y de nuestros gustos, esto sea difícil de calibrar. 
Como se comprenderá, todo depende del alcance de nuestra noción de belleza.  Si ésta es tomada en un sentido altamente restrictivo como algo que implica normativamente perfección, armonía, equilibrio, etc. y, además es aislada de toda contaminación mágica, religiosa o metafísica, es evidente que el fenómeno artístico tiene una relación muy indirecta con ella.  Los defensores de esta restricción apoyarán su tesis con los más variados ejemplos: un puñal neolítico tiene cierta simetría, pero no puede decirse que sea bello; un collar céltico tiene simbolismo, pero su trazado es tosco; una vajilla etrusca posee adornos, pero su fin era simplemente utilitario e, incluso, la famosa  Atenea Partenos de Fidias aun siendo, según las crónicas de su tiempo, la maravilla más admirada, no pretendía tanto honrar a la belleza como a la diosa. Entendido de esta manera se nos dirá, no sin razón, que la idea del arte como el sendero más exclusivo de expresión de la belleza es un invento del Renacimiento, y que ni antes en Europa ni nunca en las culturas no europeas ello tuvo razón de ser.  El arte antes del Renacimiento y fuera de Europa era la consecuencia de otros propósitos (religiosos, totémicos, domésticos, ornamentales, funerarios, glorificadores) independientemente de que, con posterioridad, hayan sido apreciados como bellos.  Desde esta óptica el arte sólo podría resultar bello a posteriori-  El arte provocaría la emoción de la “belleza”, pero, a excepción del renacentista y posrenacentista, no se propondría expresarla.
Ahora bien, si frente a esta definición restrictiva de belleza defendemos aquella otra antes aludida por la que la hacemos estrechamente dependiente de la naturaleza y del conjunto de sus manifestaciones, la relación de lo artístico y lo bello se modifica notoriamente. La belleza no es entonces una categoría normalizada que se cualifica intelectualmente, sino una expresión esencial de la naturaleza –del Cosmos- a la que el hombre accede intuitiva y espontáneamente antes de tratar de hacerlo racional y elaboradamente. 
Como consecuencia, el fenómeno artístico, en el curso de su complicada génesis- desde sus formas más instintivas a sus formas más meditadas- radicaría en las sucesivas cristalizaciones de aquella conexión.  Por tanto la afirmación, tan habitual, de que el arte tiene como objetivo la belleza, sólo tiene significado si esta última es comprendida en un sentido de universalidad.

ARGULLOL,R., Tres miradas sobre el arte,
Barcelona, Destino, 1989

Actividad:

Comente el siguiente texto:
“… Los objet d’art eran la exacta oposición de los artefactos, su función es ciertamente revolucionaria.  El arte tiene grandeza cuando es atemporal y revolucionario.  El artesano produce objetos para que sean usados aquí y ahora, el artista para todos y para donde quiera. (…) El arte apunta a edificar la mente humana encaminando sucesivamente la atención de los hombres de la torpeza y mezquindad de la vida cotidiana hacia la esfera de la fantasía y los valores espirituales.  En este sentido, el arte es siempre revolucionario, apunta a transformar la visión que el hombre tiene del mundo y sus actividades respecto a sus prójimos.

JANIK, A. y  Toulmin, S. La Viena de Wittgenstein,
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EL ARTE COMO MANIFESTACIÓN ESPIRITUAL

La vida espiritual representada esquemáticamente, es un gran triángulo agudo dividido en secciones desiguales, la menor y más aguda dirigida hacia arriba.  Cuanto más hacia abajo, tanto más anchas, grandes, voluminosas y altas resultan la secciones del triángulo.
El triángulo se mueve despacio, apenas perceptiblemente hacia delante y hacia arriba; donde “hoy” se halla el vértice más alto, estará “mañana” la próxima sección.  Es decir, lo que hoy es comprensible para el vértice más alto y resulta un disparate incomprensible al resto del triángulo, mañana será contenido razonable y sentido de la vida de la segunda sección.
En el extremo del vértice más alto a veces se halla un solo hombre.  Su contemplación gozosa es igual a su inconmensurable tristeza interior.  Los que están más próximos a él no le comprenden indignados le llaman farsante o loco.  Así se encontró Beethoven en su vida, denostado y solitario en la cumbre. ¿Cuántos años se necesitaron para que sección más amplia del triángulo alcanzara la posición que él ocupó antaño solo?  Y pese a todos los monumentos - ¿ han ascendido verdaderamente tantos hasta esa cima?
En todas las secciones del triángulo hay artistas.  Todo el que ve más allá de los límites de su sección es un profeta para su entorno y ayuda al movimiento del reacio  carro.  Si por el contrario no posee esa aguda visión o la utiliza para fines más bajos o renuncia a ella, sus compañeros de sección le comprenderán y le ensalzarán.  Cuanto más grande sea la sección y cuanto más bajo su nivel, tanto mayor será la masa que comprenda el discurso del artista.  Naturalmente cada sección siente consciente o (la mayoría de las veces) inconscientemente hambre de pan espiritual. Este pan se lo dan sus artistas; mañana la sección siguiente tenderá sus manos hacia él.

Kandinsky, W. “De lo espiritual en el arte”

Considera que el arte propio de cada época recoge los valores vigentes en la misma? ¿ O más bien adelanta valores que están por llegar?
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EL ARTE COMO NEGOCIO


Críticos y marchantes.
Hasta la Revolución francesa y el romanticismo la Iglesia y el Estado son los principales clientes del arte.  Ellos no quieren decir que no existiera una clientela más diversificada desde los tiempos tardos medievales y que incluía aristócratas, comerciantes y banqueros.  La ciudad medieval y su sucesora renacentista poseían, además de las familias nobles dirigentes, unas capas burguesas que llegaron a tener un notable interés por  encargo y compra de obras artísticas.  Sin embargo, en términos cuantitativos, estas demandas no pueden rivalizar con la eclesiástica y estatal.  La Iglesia, que en el romántico es ejecutora y receptora del arte, ocupa un papel preponderante hasta finales del siglo XVII: mediante las catedrales y el entorno artístico que llevaban consigo tiene una función dominante en el período gótico: El Renacimiento, y en especial el Renacimiento romano, marcan un nivel culminante de la pretensión artística de la Iglesia, la cual –ya como Iglesia católica – seguirá manteniéndose, con particular empeño, durante el barroco.  Paralelamente, la formación de los Estados modernos, con sus monarquías absolutas, facilita el sostenimiento del arte por parte del poder político.   Entre los siglos XVI y XVII –es decir, entre el afianzamiento de las monarquías unitarias en España, Francia e Inglaterra y la Revolución francesa- las cortes estatales, en armonía o competencia con la Iglesia, según los casos, canalizaron buena parte de la labor artística.  Estas circunstancias, aunque no anulaban totalmente la existencia de un mercado del arte, si lo restringían de modo considerable.  Los cambios estructurales que conducen a la burguesía a una misión social dirigente y las variaciones, antes citadas, en la situación del artista tienden a liberalizar definitivamente el mercado del arte.   La consecuencia es inmediata: frente a la logia, el patronazgo y el cuasi-monopilio estatal, adquiere un enorme relieve la figura del marchante.  El artista expone más o menos libremente sus obras –de las exposiciones colectivas se pasa a las individuales- y, como contrapartida, el público tiene un acceso abierto y directo a aquéllas.  Pero es el marchante, intermediario entre obras y público, entre artistas y clientes, quien no sólo arbitra el mercado del arte, sino que, mediante las fluctuaciones de la cotización comercial, influye decisivamente en la cotización artística de un determinado artista.”

Este sistema, asentado ya en la segunda mitad del siglo pasado, ha permitido un proceso de especulación comercial en el arte que no tiene precedentes.  En este sentido hay que observar que, aunque en el Renacimiento y en el barroco hubo una evidente “valoración” económica de artistas y obras, lo cualitativamente nuevo en la época contemporánea es la introducción del componente especulador, a partir del cual la obra artística –considerada no en términos estéticos, sino económicos- se convierte en una mercancía. 
Junto al surgimiento de la figura del marchante, el siglo XIX facilita la profesionalización del crítico de arte.

En los siglos precedentes encontramos comentaristas del arte, pero su función es esporádica y muchas veces encarnada por los propios artistas.  La concepción academicista del arte, con sus criterios normativistas, tampoco es propensa al consolidamiento de una crítica sistemática.  Por el contrario, es a consecuencia de la independización del artista y de la liberación del mercado del arte que puede surgir la figura del crítico. 
El poeta francés Charles Baudelaire es uno de los primeros escritores que ejerce como tal y sus penetrantes análisis de los Salones parisienses nos ilustran sobre la independencia de sus criterios.  Desde un punto de vista estético, la labor del crítico ha
sido fundamental para ampliar el conocimiento público del arte y para ahondar en sus perspectivas.  Pero hay otra faceta que conviene no ignorar dado el actual sistema de comercialización estética, el crítico, del mismo  modo que el marchante, ejerce una presión esencial en la valoración de artistas y obras.  Y así, tanto críticos como marchantes, indispensables para la independencia del artista, se erigen en albaceas y en árbitros de las preferencias estéticas del público. 

ARGULLOL, R. Tres miradas sobre el arte  

La acentuación del carácter mercantil del arte desde el Renacimiento hasta nuestros días se presentaría, por otra parte, como un fenómeno paralelo al propio desarrollo histórico del capitalismo, y en el cual cabría por consiguiente establecer distintos momentos o situaciones. Lucien Goldmann ha planteado, por ejemplo, que la tendencia a la desaparición de la figura del “héroe” en la literatura del siglo XX se produciría de forma paralela a la constitución, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, del capitalismo de los trusts y monopolios, y con la consiguiente “supresión del único valor universal de la economía liberal: la autonomía del individuo”. Parece cierto, en cualquier caso, que todo el arte del siglo XX hunde sus raíces, aunque sea de un modo tan sólo alusivo, en  esa situación de desgarramiento antropológico, de opresión de la individualidad, en que la más abstracta relación social convertida en “cosa”: el Estado, y las instituciones económicas y sociales de carácter impersonal que giran en torno a él, hacen valer su dominio en una sociedad antropológicamente escindida.  No en vano, por todo ello, es en la propia dinámica del arte y en la misma consideración de los artistas acerca de su papel en este mundo, donde se advierte el malestar profundo ocasionado por la cosificación mercantil de la experiencia artística.  Como indica Hans Heinz Holz, en el curso de este proceso histórico, “el artista experimenta cada vez con mayor intensidad su extrañamiento; alienación de la consonante con los objetos, de la comunicación con los hombres, de la acción del propio hacer “
Es en esa dinámica donde hay que situar el contexto social que propicia la rebelión anti-institucional de los artistas, el rechazo crítico de toda integración  cosificada de su actividad, lo que desde el desarrollo de las vanguardias históricas a comienzos del siglo constituye uno de los rasgos más característicos del arte contemporáneo.
La paradoja de la mercantilización del arte en el universo material del capitalismo consiste, sin embargo, en que en la medida en que dicha mercantilización favorece la institucionalización autónoma del arte, éste puede contraponerse al estado de cosas existente, trascendiendo de este modo los límites del horizonte mercantil en que se ve inserto.  Como dice Adorno, gracias a que puede objetivarse frente a la sociedad el arte adquiere una fuerza de “resistencia social” que evita su degradación a mera mercancía: “El arte se mantiene en vida gracias a su fuerza de resistencia social.  Si no se objetiva, se convierte en mercancía”. Pero esa fuerza, y mucho más en un mundo estructuralmente escindido, es siempre la fuerza del fragmento y de la experimentación, que se constituyen como llamadas críticas de atención frente a la utilización del arte como consuelo, como reconciliación cosificada con el mundo, a través de la plenitud apariencial de su lenguaje.

JIMENEZ, J., Imágenes del Hombre

Actividad:
¿Por qué piensas que las obras de arte alcanzan precios tan elevados?  Proponer varias opciones que respondan a esta cuestión y discutirlo en clase


VIDEO: MITO DE LA CAVERNA - PLATÓN
Libro de la República o de la Justicia